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¡Al fin soy libre!

La rutina de ir al mismo lugar y permanecer “presa” ocho horas se me estaba dificultando mucho tolerar, veía a la gente como zombies, no quera ser zombi y estar todo el tiempo deseando que llegara el fin de semana. Después de tantos años trabajando en el mismo lugar, la misma rutina cansaba y es que cualquiera diría que la solución estaba en cambiar de trabajo, pero la cruda realidad es que cuando trabajas para alguien, siempre será igual y nunca serás libre, aunque te paguen más dinero.

Odiaba los cubículos esos, el ruido de las puertas y de la impresora, mirar la pantalla de la computadora todo el día, pretender estar ocupada, a veces descaradamente navegaba internet o me ponía a ver videos en YouTube, pero hasta eso cansa cuando tu corazón no está en tu trabajo y cuando no es lo que quieres dedicarte en la vida. Irónicamente, en todas las partes veía la palabra “exit” (salida), y miraba ese letrero, buscando salida, pero no la encontraba, hasta que un día me dije que no volvería más a entrar a aquel edificio, edificio que se había convertido en mi cárcel y que aún es la de muchos.

Decidí ser mi propia jefa y dedicarme a algo que me gustara. La idea nunca fue dejar de trabajar para estar sin hacer nada en mi casa, pero si encontrarle sentido a mi existencia, no quería seguir vendiendo mi tiempo por dinero, sonreír sólo cuando llegaban los viernes, había una fecha festiva o tomaba vacaciones, sabía que tenía que haber algo más, y si, el riesgo ha valido la pena, ahora ya no tengo que rendirle cuentas a nadie, soy mi propia jefa y me estoy dedicando a lo que me gusta y me permite libertad con mi tiempo. Al fin he logrado mi libertad, gracias Dios mío.

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